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II Edición de la Competencia Nacional de Debate sobre Derechos Humanos


Uno de los proyectos más apasionantes en los cuales he tenido la oportunidad de involucrarme en los últimos años es la Competencia Nacional de Debate sobre Derechos Humanos, certamen convocado por el Gobierno de Coahuila, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, la Universidad Autónoma de Coahuila y la Academia Interamericana de Derechos Humanos.

Ya en ocasión de la primera edición del mismo comenté en este espacio la razón fundamental para considerar apasionante -desde mi perspectiva, por supuesto- el proyecto: presenciar los debates en los cuales participan jóvenes universitarios de todo el País sirve para documentar el optimismo.

¿Por qué? Porque los competidores integran una nueva generación de futuros profesionistas -abogados en ciernes los más- a quienes les ha “caído el veinte” sobre la necesidad de ubicar a los principios de los derechos humanos como eje rector de cualquier discusión jurídica.

Pero no solamente atestiguar el surgimiento de una nueva generación de futuros profesionistas vuelve emocionante y estimulante la Competencia. También es particularmente gratificante observar el profesionalismo, la entrega y el compromiso con el cual participan, en la organización del evento, los miembros del staff, un equipo integrado por alumnos de la Facultad de Jurisprudencia quienes, de forma voluntaria, se hacen cargo de toda la logística del certamen.

Los organizadores por un lado y los competidores por el otro, hacen de ésta una experiencia extraordinaria en la cual es posible observar en acción a los jóvenes a quienes podemos, sin temor ni reserva alguna, confiarles el futuro del País.

Luego de casi tres meses en los cuales se desarrollaron cuatro eliminatorias regionales -en las ciudades de Mérida, Toluca, Torreón y Tijuana- y la etapa semifinal -en Saltillo-, esta semana tuvo lugar la etapa final de la Competencia en la capital de la República. Los seis mejores equipos del País viajaron a la Ciudad de los Palacios para disputarse el premio de la Competencia.

La ronda final se llevó a cabo en un lugar espléndido: el Paraninfo del Palacio de la Autonomía de la UNAM, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Los equipos representativos de la Facultad de Derecho, Unidad Torreón, de la UAdeC y de la Universidad Modelo, de Yucatán, conquistaron el derecho de protagonizarla.

Al final, de acuerdo con el criterio de los jueces -encabezados por la ministra en Retiro, Olga Sánchez Cordero- los meridanos se impusieron a los laguneros, con lo cual el premio de la Competencia se fue, por segunda ocasión consecutiva, a la Ciudad de Mérida.

El comentario se ha vuelto inevitable entre quienes participamos de la organización: ¿cómo le hacen los yucatecos para ganar todos los concursos sobre derechos humanos?

Porque no solamente han ganado en dos ocasiones la Competencia organizada por mi Alma Mater: también han conquistado en tres ocasiones consecutivas la competencia “Sergio García Ramírez” -convocada por la UNAM-, la “Inter-American Human Rights Moot Court Competition” -convocada por la American University, con sede en Washington DC-, así como una competencia internacional organizada por la Universidad Javeriana de Colombia.

Y seguro habrá algún otro certamen por ahí en el cual los yucatecos han colocado su estandarte pues, aparentemente, son imbatibles en el terreno de las competencias universitarias.

Como podrán comprender, acá su charro negro no podía quedarse con la duda. Además, los tenía ahí, a la mano y podía interrogarles libremente para intentar descubrir su secreto.

Sin muchos preámbulos, le solté la pregunta a Fernanda, Noé y Christian, los integrantes del equipo ganador: ¿en dónde reside el secreto de los yucatecos para arrasar en las competencias? ¿Cuáles son los ingredientes de su receta secreta para el éxito?

Cualquiera habría esperado, por supuesto, una sesuda explicación académica como esclarecimiento del fenómeno. Alguna disertación relativa al diseño de planes académicos especiales, la integración de círculos de estudio, la contratación de asesores expertos…

Pero no. La respuesta, según me dijeron los nuevos campeones, es mucho más simple. El secreto se esconde en un par de recetas de la gastronomía yucateca: la cochinita pibil y la pizza de pastor. Alimentarse cotidianamente con tales platillos, aseguran, constituye la diferencia entre sólo competir y presentarse a un certamen como el rival a vencer.

Conocido el secreto, no queda sino reproducir la fórmula: desde mañana comenzamos a fomentar en nuestros oradores el “cochinita power”.


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